Por Juan Ortega

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Kyoto, otoño del 70

 

Mitsuki, hija de un americano y una japonesa era conocida por todo el barrio rojo por su tez blanca como el polvo de arroz, sus ropajes desgarrados y su melena peinada como una palmera y pintada con acuarela rosa encima de su rubio cenizo. En los pasadizos oscuros del barrio de negocios Sakyō-ku, encandilaba sutilmente a los transeúntes de sombríos abrigos largos y sombreros negros como ala de cuervo que quedaban automáticamente prendados tras una rápida sesión de amor. Al atardecer volvía a su distrito donde compraba Kagetsudo, su dulce favorito siempre acompañado por una taza de té al jazmín bajo los cerezos de la calle Pontocho donde se extendía un pequeño estanque en el que ella depositaba siempre patitos de plástico que chocaban temerosamente con los nenúfares. Se apoyaba en la esquina de su calle con su vestido de lolita enmarañado de bordados ópalo y grisáceos fumando sus conocidos cigarrillos de colores. De aquellos rincones de la ciudad se desprendían olores de óxido, plástico quemado y carne en descomposición casi putrefacta que no la inmutaban, pero que despertaban a las ratas de la ciudad apelándolas como la flauta de Hamelin. Mitsuki se impacientaba. De entre las humaredas azules de vapor refulgente que se desprendían de la calle salió Yoshimoto Banana de las partes traseras de los restaurantes y cabarets eróticos cuyos neones epilépticos golpeaban la lente de sus gafas Cat Eye. Intercambiaron un par de palabras rápidas

–¿Cómo estas?

–Bien. Dame la carta.

Al entregarle el papel arrugado Yoshi desapareció entre el humo como una sombra. 私たちは、L.A. になることはありません . Ese fue el mensaje: « No estaremos nunca en L.A. »

Mitsuki se llevo lentamente la carta a la nariz, que rápidamente se impregnó del olor a pensamientos, flor de la nostalgia, que desprendía el papel. Se quitó sus gafas oscuras y redondas, y con un temblor imperceptible se las colocó en su pelo que parecía una piña rosada. Dos horas mas tarde estaba sentada en el suelo de la habitación 27 del segundo piso del motel Swingo Windsor al que llegó por la escalera metálica exterior. Se levantó frente a la ventana perfectamente arreglada como siempre lo estaba. A su alrededor se amontonaban restos de bombillas y lámparas quebradas, sabanas desgarradas y la moqueta granate se estaba quemando en una de las esquinas. El papel pintado estaba arpado creando gritos silenciosos, garras ganchudas de desesperanza y la cerradura de la puerta estaba forzada. Su ultimo cigarrillo, el negro, se consumía entre sus dedos mientras su mirada se fijaba en el apartamento vacío de enfrente.

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Relato publicado en el sexto número de RubyStar Magazine 🙂

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