Ojos grandes, ojos enormes y saltones. Ojos negros de una magnética y oscura atracción resaltan en un pequeño rostro blanquecino.

Bette Davis sabía desde el principio que su físico no era el habitual dentro de los cánones de belleza clásica de Hollywood. No la llamaban “guapa” pero consiguió ganarse la aprobación de directores de buena talla como William Wyler, quien la dirigió tres veces (“Jezabel”, “La carta” y “La loba”), o Mankiewicz (“Eva al desnudo”) que vieron y potenciaron su extraño encanto.

Acabó con el aburrido papel de la mujer inocente, dulce y vulnerable, y encarnó con soberbia y orgullo a mujeres rebeldes, perversas, temperamentales, déspotas y crueles. En la vida real también era un torbellino, sarcástica, altiva y de armas tomar. Odiaba con fervor a Joan Crawford, su archienemiga: “No la mearía ni aunque estuviera en llamas.” dijo de ella después del infernal rodaje de “¿Qué fue de Baby Jane?”. Después repitió con Robert Aldrich en “Canción de cuna para un cadáver”. Conocidas actrices rechazaron compartir escena con ella por su agrio carácter y su mal humor. En ella, ya envejecida, interpreta a uno de sus personajes más aterradores de su carrera, junto con Baby Jane. Davis, vieja loca, perversamente malvada, el mal por el mal, la pesadilla personificada. La odias, la temes, la admiras, la amas. Y todo por culpa de sus ojos diabólicos.

 

Captura de pantalla 2013-09-13 a las 19.17.58

 

 

Texto Rocío Ortiz

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *